ROBERTO GIUSTI
EL UNIVERSAL
La multitud se movía con dificultad por la estrechez
de la calle Real de Los Paraparos, en La Vega. Las aceras se
hacían pequeñas para el número de personas que
por allí transitaban y algunas caminaban entre los espacios
dejados por los vehículos, detenidos en una cola bajo el
picante sol de las diez de la mañana.
Era la hora del mercado dominical y en el abigarrado paisaje
del barrio los toldos de los vendedores de tomates, cebollas,
jojotos, CD quemados, ropa interior y demás productos
del baratillo popular, las escuelas Luis Ezpelosín y
Amanda de Schnell, con sus puertas abiertas, las listas de
electores en las paredes y los soldaditos esperando clientela,
eran totalmente ignoradas por los viandantes.
Apenas algunos ancianos se buscaban en la selva de números
donde aparecían las cédulas de los votantes y
un reservista desaliñado bostezaba sin rubor bajo la
precaria sombra del portón, mientras, adentro, los
miembros de las mesas atendían obsequiosamente a algún
extraviado conducido hasta allí en los jeeps habilitados
por el MVR para la denominada "ruta bolivariana".
Ya Jorge Rodríguez había anunciado la instalación
del 92% de las mesas en todo el país, lo cual no
se correspondía con lo que estaba ocurriendo en el
Colegio Santa Rosa de Lima, donde finalmente las mesas
comenzaron a funcionar a las ocho y treinta de la mañana
y una hora después sólo habían votado cinco
personas.
Situación contrastante con otras épocas electorales,
cuando a las seis de la mañana ya había gente
votando y las mesas estaban instaladas.
En Caricuao las cosas tampoco pintaban bien para
la participación. Hace un año, cuando se
celebró el revocatorio, la vibración electoral
se sentía con sólo observar a los balcones
de los bloques, desde donde ondeaban muchas banderas
rojas con el NO y una que otra azul y blanca apoyando
al SI.
Esta vez había más fieles entrando al
santuario de Santa Rita de Casia, donde los padres
agustinos se disponían a celebrar la misa,
que sufragantes en la Unidad Educativa Ramón
Díaz Sánchez o en la Policlínica
Popular, habilitados como centros de votación.
La misma desolación se presentaba en la
avenida Sucre, frente al Parque del Oeste, donde
el 15 de agosto del año pasado una multitud
heroica soportó toda clase de penalidades
hasta por doce horas, sostenida en una voluntad
inquebrantable de votar. Ahora lo que se observaba
eran paseantes, pasajeros del metro, buhoneros
y gente con desprevenido talante dominguero.
En la calle Ayacucho de Monte Piedad y en La
Cañada, muy cerca de 23 de Enero, las colas
se formaban frente a las rejas de las licorerías
y la cerveza light aliviaba la garganta acalorada
de los lugareños. Allí la ley seca
brillaba por su ausencia, a pesar de la presencia
de los motorizados de la Casa Militar, de los
fiscales de Tránsito y de los patrulleros
de la PM, quienes cerraron calles y abrieron
un corredor vial para la llegada, sin sobresaltos,
del Presidente, quien pese a no ser vecino del
sector ahora suele votar por allí.
Entrando al este lo primero que llamaba la
atención era la poca afluencia de comensales
en los restaurantes de carnes, generalmente
repletos los domingos por las tardes. Ese
era el aspecto de Las Mercedes, donde había
más clientes bancarios frente a los cajeros
automáticos que en el Centro Venezolano
Americano, donde funcionaban unas seis mesas.
Autopistas solitarias, tránsito libre
y una tristeza retumbante en los centros
de votación de La Trinidad, donde,
ante la ausencia de los titulares, oficiaron
como miembros de mesa voluntarios con toda
la pinta de chavistas. Un revés para
los alcaldes Capriles y López, para
quienes resulta vital contar con el apoyo
de unas cámaras cuya composición,
por la abstención de sus electores
naturales, no reflejará, necesariamente,
la voluntad de la mayoría de los vecinos
en sus respectivos municipios.
El panorama se presentaba semejante en
casi todos los estados del país.
Retraso en la instalación de las
mesas, ausencia sistemática de los
responsables, afluencia mínima de
votantes, exhortación de voceros
oficialistas, como Willian Lara, quien
llegó a ofrecer paraguas a aquellos
que fueran a votar bajo la lluvia, como
estaba ocurriendo, según advirtió,
en algunas poblaciones del Táchira.
En fin, un balance desconsolador para
todo el mundo. En primer lugar para
una oposición que se distinguió
el 15 de agosto por un voto masivo,
combativo y unitario, lo cual, a pesar
de la derrota, la convertía en
una potencia electoral que ni el ventajismo
y triquiñuelas del Gobierno pudieron
reducir. En esta oportunidad, la división
también alcanzó al electorado
y esa fuerza pujante se difuminó
entre participacionistas y abstencionistas.
Negativo también para un CNE
carente de la confianza de la mayoría
del país, lo cual parece convertirlo
en uno de los de menor credibilidad
en la historia electoral del país,
a pesar de los notables esfuerzos
hechos para estimular el voto.
Finalmente el resultado expresa
el escaso poder de convocatoria
de un gobierno débil, incapaz
de movilizar a su gente. Una abstención
como la de ayer, nunca será
"normal", así lo repitan incansablemente
los voceros oficialistas. Ese fue
el comienzo del fin de la Cuarta
República y aunque no sabemos
si lo será de la Quinta, lo
cierto es que esta pregonada democracia
participativa y protagónica
ayer no tuvo nada de participativa.
Protagonista sí hubo una y
se llama abstención.