Este, el CNE de las prórrogas polémicas, rompió
la paz de una jornada, donde todo parecía destinado a un
final previsible, con el anuncio de un alto porcentaje de abstención,
forzando la prolongación de las votaciones.
A la vista la melancolía de centros de votación
desiertos, donde sólo estaban los militares y los miembros
de mesa, la ampliación del horario en tres horas más
de lo originalmente establecido provocó la suspicacia
y soliviantó los ánimos.
Una vez más la gente pensó mal, renacieron los
fantasmas del 15 de agosto y surgieron las dudas sobre la
confiabilidad en la autonomía de un poder electoral
que, golpeado por el desacato de los votantes, no podría
ni querría romper el récord nacional de abstención
(76%).
Todo esto con el ingrediente adicional de una rueda de
prensa presidencial cargada de proselitismo, en lo que
parecía un esfuerzo, in extremis, por arrastrar la
gente a las urnas, incluyendo promesas de dádivas
(un billón de bolívares para el poder municipal).
Ese empujón de última hora lucía como el
reconocimiento tácito del fracaso, por esta vez,
del casi siempre potentísimo e inefable poder de
convocatoria del líder máximo. Ventajismo descarado
sobre el cual el presidente del CNE se excusó de
opinar porque no tuvo oportunidad, según dijo, de
observar el espectáculo, luego de que los reporteros
le preguntaron si no se había previsto una sanción
por la presunta violación de la ley.
La primera y airada reacción fue la de Gerardo
Blyde, secretario general de Primero Justicia, quien
además de considerar la decisión sobre las
prórrogas como violatoria de la Ley del Sufragio,
señaló como carente de sentido mantener abiertas
unas mesas de votación que sólo deben permanecer
así en caso de haber votantes a la espera de cumplir
con su derecho.
Luego Jorge Rodríguez explicaría que la
medida obedeció al flujo de votantes, que de
un momento a otro, en inusitado repunte, invadió
los centros de votación, lo cual justificaba,
bajo criterios técnicos irreprochables, la habilitación
de la prórroga.
Sólo que a simple vista y más allá
de los registros de las captahuellas, la desolación
era una realidad inocultable y pese a que un número
indeterminado de votantes habría agradecido
la decisión porque les permitió votar,
una porción determinante de los venezolanos
sintió cómo se reforzaba, con o sin razón,
su desconfianza hacia el CNE._RG