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Ricardo Gil Otaiza // Una proeza deportiva

Debo reconocer de entrada que el deporte no fue hecho para mí, o yo no fui hecho para el deporte.  En realidad no sé cuál de las dos situaciones es la correcta, razón por la que no puedo echarle la culpa de ello al deporte en sí, o a mi propia naturaleza práctica. Tal vez fue la gran afición de mi padre y de mi hermano mayor por los deportes, así como los domingos enteros dedicados a torturarnos al resto de la familia con los fulanos partidos de fútbol o de beisbol,  lo que hizo que me creara una coraza para no ver ni escuchar nada al respecto. Igual puedo decir de los juegos de envite y azar. De niño los jugué, pero a medida que fui creciendo sentí por ellos repulsión y una sensación de pérdida lamentable de tiempo y de dinero.

Llegué a detestar (así como lo escribo) a los narradores deportivos y, con ellos, a los más eximios representantes de las diversas disciplinas. Eso sin entrar en detalles con el paquidérmico y aburridísimo 5 y 6 (que aunque es un juego, se hace sobre la base de un viejo deporte) y su conspicuo representante en Venezuela, Alí Khan, todos los domingos en la tarde. O al empresario Rafito Cedeño, con el boxeo las noches de los sábados. ¡Guao!, para salir corriendo. Claro, comprenderán, como niño y luego como adolescente no me podía rebelar contra mi padre, ni mucho menos negarme a acompañarlo los sábados a sellar su cuadrito del 5 y 6 en la cafetería cercana, porque ese fin de semana iba de seguro a meter todos los caballos y nos haríamos ricos (ante esa expectativa cualquier niño se entusiasma). Ah, por supuesto, no entraba allí el azar propio de los juegos, porque todo procedía del análisis científico y riguroso de la Gaceta Hípica. El nombre del jinete, las características del animal (me refiero al caballo), las carreras ganadas, y toda una serie de detalles que estimulaban, azuzaban y entusiasmaban a la mente más escéptica  (entre ellas la mía).

Un buen domingo mi padre metió todos los caballos. La algarabía en casa fue de película. Me veo dando saltos sobre el sofá y ya me imaginaba disfrutando con ese chorro de dinero que llegaría por la vía del 5 y 6. El rostro de mi padre estaba iluminado,  como pocas veces lo percibí en su vida. Todos nos pegamos a la pantalla del gigantesco televisor marca Andrea para no perderle santo y seña a Alí Khan, que disfrutaba de aquel espectáculo como si en ello se le fuera la vida. "Leche Silsa, leche de verdad verdad", repetía con su voz falseada hasta el cansancio, al tiempo que bebía con deleite vaso tras vaso del famoso producto. Yo en realidad no entendía mucho del asunto. Recuerdo -eso sí- que un caballo podía ganar o perder por una nariz. Mi mirada estaba puesta en el rostro de mi padre, y dependiendo de su entusiasmo, yo me alegraba porque sabía que la cosa estaba buena.  De pronto el mundo se acabó.  El rostro de mi padre, siempre sonrojado (porque era catire), se puso livido. La alegría de pronto se esfumó de manera tan vertiginosa como había llegado.  Alí Khan sin inmutarse y con su vaso de leche en la mano declaró sin rubor alguno: "mercado libre". ¡Pum! Mi padre cobró una cantidad equivalente a lo que le habían costado su par de formularios.

Cuando fundaron al equipo Estudiantes de Mérida no había partido que mi padre y mi hermano no acompañaran en el estadio. De ñapa me arrastraban a mí. ¿Por qué a mí, me preguntaba colérico, qué habré hecho en esta o en la otra vida para merecer esto? De sólo imaginarme el calor, los empujones, la grosería de la gente, los insultos contra la afición o los jugadores, se me comprimían las vísceras. Con el tiempo fui tolerando un poco más la cosa, porque comprendí que ese era la cuota que debía pagar por ser un miembro masculino de la familia. A San Cristóbal fui a parar en una de las finales, de donde salimos desmoralizados por la paliza que le dieron a nuestra pobre (pobre de sufrida, que conste) selección. "Esos árbitros vendidos", gritaba indignado el locutor de la radio y repetíamos en coro, como una manera de hacer catarsis por tanta frustración.
A pesar de todos los deportes que vi por televisión y que presencié desde las gradas del estadio, no aprendí gran cosa sobre ellos. En lo particular me ufano de haber metido muchos autogoles cuando pateé con desgano el balón contra mi propio equipo. Es más, el fútbol está asociado en mi vida con el desmayo. Siendo un colegial una bestia jugadora le metió una patada a un balón de fútbol que fue a parar directo a mi rostro, y caí noqueado al suelo.

Ni decir de la gimnasia. Le tenía pavor. Sólo una vez pude saltar y sobrepasar con éxito el bendito potro: el día del examen final de la materia. Uf, me salvé en la raya… una verdadera proeza deportiva. ¿Qué tal?

rigilo99@hotmail.com


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