Tributo

EL SONIDO DE SALVADOR GARMENDIA CIRCULA POR NUESTRAS VIDAS (I)

Hizo que el sonido circulara por muchas vidas "y continuará haciéndolo a través de sus libros
y hasta la disolución de nuestra memoria", se le escucha decir a Rodolfo Izaguirre,
luego de recoger entre fragmentos amorosos de un discurso y de una canción popular
las palabras con las que, en nombre de sus tantos deudos, se despide de Salvador Garmendia (Barquisimeto-1928 / Caracas-2001). Y, agradecido, Carlos Oteyza deja sentado
que "Varias generaciones aprendimos de él. Ahora el recuerdo de su dulzura paternal
nos acompaña, pero también, su lucidez avinagrada y descreída", quizá porque,
como le comentara a Patricia Guzmán, se sentía muy cerca de la poesía
y "la poesía es un anhelo imposible"


Foto: Esso Alvarez

Tender las lágrimas

En los inicios de los años cincuenta era visitante asiduo a Radio Continente, en Caracas, porque allí trabajaban como locutores Luis García Morales y Salvador Garmendia. Salvador era, además, libretista y escribía radionovelas sensacionales.

Llegó a escribir una que se llamó Marcela Campos, la guerrillera de los Llanos, ambientada en el siglo XIX, que todo el país escuchaba y con él, los presos políticos del Cuartel San Carlos, porque en entrelíneas la trama informaba sobre lo que estaba ocurriendo en la política y en la vida económica y social de la Venezuela guerrillera de los años sesenta. En un parador de la carretera a Los Teques podía verse, entre diversos objetos recolectados por el propietario, un machete oxidado y un rótulo que afirmaba ser ése el "Machete de Marcela Campos, la guerrillera de los Llanos". De tal manera que allí estaba un objeto real y contundente, que perteneció a un personaje ficticio. ¿No es ésta, acaso, la mayor gloria para un escritor?

Frecuentaba la radio para buscar a Luis y a Salvador y salir luego a tomarnos unos tragos. Una tarde, mientras esperaba, vi al publicista y comentarista deportivo Felo Giménez salir al pasillo. Estaba desesperado y gritaba que no encontraba el tema musical para la presentación de un programa de fútbol europeo que debía trasmitir. (A Felo Giménez le bastaba sólo el cable escueto con la información exacta de la alineación, la hora de los goles y el nombre del goleador. Con estos datos se encerraba en la cabina y con apasionado realismo inventaba 90 minutos de juego).

Desde donde yo estaba, sin moverme, dije: "¿Por qué no pone un mambo de Pérez Prado?". El se volteó, furioso: "¿Mambo? ¿Cuál mambo? ¿Qué mambo?". "El mambo de Pérez Prado", le dije. "El que, en una parte, dice fútbol". Se quedó mirándome, volvió a meterse en los estudios y al rato salió y me preguntó con cierta aspereza: "¿Qué haces tú aquí?". Y me tendió la mano. En ella había un billete de cincuenta bolívares. Una lisa, una cerveza costaba la mitad de un bolívar. Esa noche, ¡brindamos por Dámaso Pérez Prado!

Fue Luis García Morales quien nos dijo a Adriano González León, a Guillermo Sucre, a Gonzalo Castellanos, a Manuel Quintana Castillo, redactores de la revista Sardio, que en la Radio Continente estaba un amigo suyo, buen lector, buen amigo y que pensaba presentárnoslo. Quería que lo conociéramos. Era Salvador: delgado, con un bigotico de mal actor mexicano en películas de alta sociedad; gran conversador.

Nos maravillaba porque contaba historias nuevas, de Barquisimeto, que aireaban bastante las ya reiteradas de Adriano y de los trujillanos del entorno.

La redacción de Sardio pidió a Salvador un texto. Entregó un relato, pero el problema estuvo en que el comité de redacción lo rechazó alegando esta o aquella razón. Pero ninguno se atrevía a decírselo. ¡Y yo lo hice! Mientras tomábamos un roncito con limón, le expliqué las razones que exponían los de Sardio. Salvador me lo agradeció. Después mandó otro texto y allí ya no hubo problemas. No recuerdo cómo era aquel texto ni tampoco las explicaciones, pero daría lo que tengo sólo por ver, hoy, aquel texto y verme (o vernos) cómo éramos entonces: seguramente más altivos y pretenciosos que ahora.

Aquella sinceridad de hace cincuenta años me valió el privilegio de una amistad.
Roland Barthes, en Fragmentos de un discurso amoroso, tal vez su único libro de amable lectura, dice que como una mala sala de conciertos donde el sonido no circula, los espacios afectivos tienen rincones muertos. El interlocutor perfecto; es decir, el amigo, construye en torno nuestro la mayor resonancia posible. Por eso, Barthes propone una definición de la amistad como "un espacio de sonoridad total".

Y eso hizo Salvador conmigo; lo hizo con muchos de nosotros y continuará haciéndolo a través de sus libros y hasta la disolución de nuestra memoria: crear resonancias, hacer que el sonido circule por nuestras vidas.
Pero… ¡Espérame, Salvador! ¡Ya vuelvo! Como pide una vieja canción popular norteamericana, "ahora debo ir a casa a tender mis lágrimas para que puedan secarse…".

Rodolfo Izaguirre. Crítico de cine

 


 


Mi respeto y mi cariño

¿Podría interpretarse como mezquindad despedir a Salvador con tan sólo estas palabras? Es que su liviandad y sonrisa franca me impiden hoy escribir algo más; quizás otro día.

Cuando lo conocí en el año 1984, ya Salvador era Salvador Garmendia el escritor, con su prestigio entre las greñas. ¡Carajo, qué estampa tiene! Por cierto, la misma con la que se fue. Para aquel momento, Salvador había escrito la mayor parte de su obra literaria, reunía premios, no escribía más radionovelas, sabía lo que era la televisión y conocía el poder de la palabra rating. Sus años de bohemia habían sido consumidos, la militancia política superada, El Sádico Ilustrado engavetado, la garganta operada y por supuesto, Barquisimeto había quedado atrás, custodiada por su hermano Hermann. Es decir, cuando lo vi de frente por primera vez, ya había recorrido un largo trecho. Era un veterano.

Tenía yo en aquel año el encargo de realizar cuatro episodios para la televisión, sobre la vida y obra de Rómulo Gallegos, para conmemorar el centenario de su nacimiento. ¿Aceptará Salvador escribir el guión? Es que para los que no lo conocíamos personalmente, al prestigio y la fama, había que agregarle la figura. ¿Qué habrá detrás de tanto pelo? Muy simple, un niño. Claro, un niño maestro. Y aprender de ese maestro fue reconfortante, inolvidable.

Nos pusimos a trabajar para sacar los cuatro capítulos. Para ello investigamos sobre la biografía de Gallegos, entrevistamos a importantes intelectuales, recreamos fragmentos de la novela Cantaclaro (su preferida), utilizamos secuencias de la película Doña Bárbara, protagonizada por María Félix, y por supuesto, recurrimos al material fílmico de archivo. En una conversación, convencido, me sugirió: "esto lo tiene que narrar José Ignacio". Y Cabrujas lo narró.

Lo que comenzó como una relación de trabajo, continuó luego con más trabajo, pero ahora inmerso en la amistad: un guión para el documental sobre Isaías Medina Angarita, otro documental, otro guión, el proyecto de hacer Lanzas Coloradas, un largometraje, y el año pasado concluimos el documental "Caracas: Crónica del siglo XX".

Es que trabajar con Salvador era ante todo, una fiesta. Su picardía contagiaba a todo el equipo. Su humor volvía placentero el esfuerzo. Pero la verdadera deuda es otra: la de habernos regalado su sencillez y su humildad. Todavía ayer hay quienes me preguntaban, cómo era trabajar en un guión con Salvador Garmendia. Muy sencillo: "Mira Salvador, ¿no te parece que deberíamos cambiar este párrafo?… ¿Y si la tercera secuencia no las volamos?". Sorprendentemente, su accesibilidad era proporcional a su talento. Esta libertad para intervenir su flujo creador podrá parecer extraño, pero es que Salvador creaba y dejaba participar. Las diferencias eran manejadas con elegantes dardos de ironía, nunca afincándose en el peso de su prestigio. Una vez más, agradecido.

Quizás, una de las mejores experiencias con él fue el viaje al sur, a la selva. Trabajábamos en el guión de la película La voz del corazón y no avanzábamos. Decidimos bajar, cruzar el Orinoco e ir a las minas. No íbamos en moto, pero tengo la imagen de aquel viaje como si fuese una secuencia tropical de la película Easy Raider. Salvador no conocía la zona, pero rápidamente la absorbió. Una noche en el poblado minero de Las Claritas, ya cerca de la Gran Sabana, fuimos a beber una cerveza a un hotelucho. Ya nos íbamos, cuando de repente se acercó una muchacha de ojos grandes, y con timidez reverencial, preguntó si él era él. Era una joven de Tumeremo que había leído sus libros. Esa noche, allí, en medio de la inmensa selva y de los tarantines de "compra y venta de oro", aquel rostro emocionado con sus preguntas premiaba, sin saber, la labor del creador en nombre de todos, de todos nosotros. En ese momento Salvador, con sus sandalias, fue un hombre feliz. Lo supe, no porque me lo dijera, sino porque sus pequeños ojos lo confesaban.

Cuando escucho a sus viejos amigos contar los desenfadados episodios de Salvador durante los años cincuenta, entiendo que el Salvador de quien aprendí era más recatado que el de los turbulentos días de la revista Sardio, pero también, más sabio. Varias generaciones aprendimos de él. Ahora el recuerdo de su dulzura paternal nos acompaña, pero también, su lucidez avinagrada y descreída. Basta por hoy maestro. Mi cariño y mi respeto.

Carlos Oteyza. Cineasta

 


 

Foto: Lisbeth Salas-Soto
En la obra de Garmendia aflora el mundo perdido

De memoria en memoria

Sentenció, sin más gravedad que la del timbre de su voz, que se sentía "en cuanto a la búsqueda de la palabra exacta, más cerca de la poesía que de la narrativa como tal. Y ese es un atrevimiento insólito. Creo que es la primera vez que lo digo. Pero a medida que me pongo más viejo me doy cuenta de que es así".

Y de tales atrevimientos tomé nota como si recibiese otro obsequio suyo, también un día de mayo (estábamos en 1988), mientras los lectores franceses desandaban París, para arribar a Altagracia.
Incluso hoy le escucho decir que "la poesía es y será siempre, aun en el mejor de los poetas, un deseo nunca satisfecho. La poesía es un anhelo imposible, pero en la lucha con ese misterio radica la esencia de la vida para un escritor".

Y agregaba Garmendia:

"Yo creo que Memorias de Altagracia era una corriente secreta que pasaba por debajo de todo lo que yo había escrito, desde Los pequeños seres en adelante. Afloraban a veces, por momentos, la infancia, el mundo perdido, la vida rural. Toda una masa informe, esa nebulosa de cosas que es la memoria, a veces salía, salía por entre los párrafos pero nunca se delataba totalmente. La corriente seguía subterránea, seguía pasando por debajo. La primera vez que esa corriente se evidencia, toma cuerpo, es en Memorias

A partir de allí me quedé un poco perplejo. Me encontraba nuevamente como si mi escritura empezara en ese momento y yo ya era un viejo. Eso me hizo detenerme. (…) Finalmente, ahora, terminé una novela, El Capitán Kid, una saga de Memorias… una especie de continuación. Esos niños, los de Memorias…, ya tienen uno o dos años más (…). Ellos siguen jugando pero la realidad que los circunda penetra (…).

Así, acaba el sueño y comienza la adolescencia que se acaba cuando nos envuelve el otro, el último sueño. Allí doy vida, concreto, lo que siempre he querido escribir. (…)

Parecería que me he desprendido de todo, cosa imposible, siempre queda algo. Pero abandoné muchas cargas, especie de leyes impuestas desde afuera. Fue necesario para mi generación, y para mí específicamente, ejercer mi papel y mi condición de escritor venezolano, en una Venezuela dada, en un momento preciso. Yo me sentía responsable ante una serie de cosas como romper la monotonía del lenguaje, ser más audaz, abandonar toda esa vieja estética costumbrista, rural, y tomar una posición más universalista, golpear ese falso sentido moral que nos impedía hablar de determinadas cosas. He cumplido. Traté de cumplir con ese mandato hasta un momento en que me dije bueno, ya basta, yo no necesito demostrar que puedo decir 'puta' en la literatura para escandalizar a los demás, no necesito cumplir, respetar compromisos, voy a tratar de hacer lo que yo quiero. Y eso es un poco El Capitán Kid, una literatura sin imposiciones, sin programa previo. Se me exigía escribir, por ejemplo, la novela del petróleo, señalar al culpable".

Patricia Guzmán. Periodista y poeta

N° 33 Año IV
Caracas, sábado 19 de mayo de 2001
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

 

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